Los Reyes Católicos y la reforma de la Iglesia

isaburgosEs cierto que también tomaron medidas disciplinares, pero la reforma española triunfó gracias al cambio de mentalidad que se produjo. Los obispos, los religiosos y los clérigos empezaron a desentenderse de los asuntos seculares y a cumplir con sus funciones.


Isabel Burgos Ávila

Desde los inicios del siglo XIV era evidente en toda Europa la necesidad de regenerar la Iglesia, pero esta reforma no llegaba a realizarse.

Sin embargo, en la Baja Edad Media surgió un movimiento —conocido como reforma católica— que empezó a dar los primeros pasos. Se basaba en la teología tomista, que se había renovado en la universidad de Salamanca, y en las aportaciones espirituales de las nuevas órdenes religiosas[1].

Aunque los Reyes Católicos tuvieron un papel fundamental en la reforma de la Iglesia española, este proceso ya se había iniciado antes. Podríamos considerar que el punto de partida fue la fundación de la Orden de San Jerónimo, que en 1373 fue aprobada por el Papa Gregorio XI. A partir de este momento —y especialmente durante el reinado de Juan I (1379-1390)— se empezaron a reformar las órdenes religiosas que ya existían y se fundaron monasterios que seguían una observancia muy estricta[2]. Cuando los Reyes Católicos llegaron al poder completaron este proceso de regeneración, y pudieron apoyarse en tres baluartes: 1) la orden de los Jerónimos; 2) los conventos benedictinos de Valladolid; 3) los dominicos de San Pablo de Valladolid y los franciscanos de La Salceda y el Abrojo[3]. Durante su reinado, además, se tomaron medidas para elevar el nivel intelectual y espiritual de los obispos y de los clérigos.

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Monasterio de Santa María del Parral (Segovia)

Los primeros —según describe Vazquez de Prada— “solían reclutarse entre los miembros de las familias aristocráticas, constituían una especie de estirpe guerrera, que participaba, al frente de sus huestes, en las contiendas civiles[4]. Además, como pertenecían a la Iglesia estaban exentos del pago de impuestos y tributos y poseían extensas propiedades, sobre las que a veces tenían jurisdicción temporal. Por eso Isabel y Fernando necesitaban controlar la Iglesia para reformar el Estado. Su política sólo podía tener éxito si se apartaba a los obispos de los asuntos temporales.

Los reyes castellanos habían tenido el privilegio de “súplica”, pero —por culpa de las guerras intestinas—el Papado había conseguido imponer a sus candidatos como obispos y, por desgracia, muchas veces no eran los más idóneos. Por eso la reina aprovechó la reconquista de Granada para pedir a la Santa Sede el derecho de Patronato en este reino. Inocencio VIII se lo concedió en 1486 y, gracias a la diplomacia, este derecho se terminó extendiendo al resto de los obispados castellanos y aragoneses[5]. Este privilegio les permitió sanear las sedes episcopales. Por eso el humanista Fernando del Pulgar pudo afirmar que Inocencio VIII se lo concedió porque “fué informado que [los Reyes] miraban primero si las personas por quien le suplicaban, eran dignas de la dignidad que les procuraban[6].

Es cierto que, en ocasiones, primaron sus propios intereses. Por ejemplo, el arzobispado de Zaragoza era una “especie de patrimonio familiar”[7]. Juan II se lo había entregado a Juan de Aragón, su hijo bastardo, y Fernando actuó del mismo modo al nombrar como obispo de esta diócesis a Alfonso de Aragón, que cuando fue elegido sólo tenía nueve años. De todas formas Isabel se aseguró de que los obispos de Castilla fuesen personas cultas y devotas. Por eso muchas veces nombró a clérigos regulares, que estaban más alejados de los asuntos seculares, sin preocuparse por su condición social[8]. Recordemos que Rodrigo Borja nunca consiguió implantarse en Castilla; mientras que fray Hernando de Talavera —que procedía de una familia de judíos conversos— fue nombrado obispo de Ávila y arzobispo de Granada, el franciscano Jiménez de Cisneros arzobispo de Toledo e Inquisidor General…

La reforma disciplinar de los Reyes Católicos también afectó a los cabildos y al clero. Desde el siglo XIV abundaban en Castilla los clérigos de corona, que sólo recibían las órdenes menores para poder beneficiarse de las prerrogativas que proporcionaba el fuero eclesiástico. Podían casarse y sólo tenían que cumplir con algunas obligaciones, como participar en el coro de las parroquias y asistir a las procesiones. Por eso muchos nobles o hacendados, que habían recibido la primera tonsura sin vocación religiosa, seguían desempeñando cargos al margen de la Iglesia[1]. Sus votos religiosos les servían para desafiar a la autoridad civil, que no podía juzgarles porque se amparaban bajo el fuero eclesiástico. Además muchas veces los delincuentes se hacían pasar por clérigos de corona para poder salir inmunes. Por eso una de las primeras medidas que tomó Cisneros fue obligar a todos los clérigos a usar tonsura y hábito para poder distinguirlos de los laicos. Además los Reyes Católicos intentaron poner limites a la inmunidad eclesiástica. Su principal reivindicación fue que los delitos vulgares, tenían que ser juzgados en los tribunales ordinarios[2]. También intentaron evitar que los clérigos abusasen de su autoridad, valiéndose de sentencias eclesiásticas, excomuniones y entredichos.

Entre los miembros del clero que estaban ordenados in sacris también se producían abusos. Durante la Edad Media los clérigos que ejercían alguna función religiosa recibían rentas para poder vivir dignamente. Habitualmente estos beneficios procedían del diezmo que se pagaba a la Iglesia. En principio lo recibía el titular de la parroquia, pero en la baja Edad Media empezó a ser habitual el tráfico de rentas y de oficios. Los clérigos pedían bulas pontificias para intercambiarse los beneficios de sus parroquias, a veces incluso los permutaban por canonjías catedralicias[3]. En otras ocasiones los obispos entregaban los curatos a entidades eclesiásticas (un colegio universitario por ejemplo), que como no eran personas físicas no podían ejercer su oficio. Lo cierto es que se presuponía que el titular efectivo, no iba a dedicarse a atender la parroquia. En muchos casos eran extranjeros, vinculados a la Curia, que delegaban este oficio en el bajo clero. A cambio les pagaban sumas muy escasas, que no les permitían sobrevivir. Además, aunque los beneficios habían sido adecuados cuando se establecieron, la falta de estabilidad monetaria hizo que fuesen insuficientes. Era imposible que los miembros del bajo clero, que vivían en condiciones de extrema pobreza, pudiesen llevar una vida digna. Se acogían a cualquier ambiente y, por eso, estaban mas expuestos a las tentaciones de la carne[4].

La respuesta de los Reyes Católicos —y de Cisneros— fue preocuparse por la formación del clero secular. Por eso impulsaron las Universidades y los Estudios Generales. Además intentaron que los beneficios se concediesen a los clérigos que tuviesen más capacidad cultural y espiritual. Por este motivo trataron de impedir los nombramientos directos desde Roma. Esta política tuvo éxito en Burgos y en Salamanca, donde, en 1500, se había impuesto un nuevo sistema para conceder beneficios eclesiásticos, que exigía que los candidatos fuesen examinados públicamente y después se eligiese al mejor de todos ellos[5].

220px-Cisneros'_original_complutensian_polyglot_Bible_-1Es cierto que también tomaron medidas disciplinares, pero la reforma española triunfó gracias al cambio de mentalidad que se produjo. Los obispos, los religiosos y los clérigos empezaron a desentenderse de los asuntos seculares y a cumplir con sus funciones. Aumentó el número de graduados y se impuso una forma de religiosidad basada en el “evangelismo” humanista y la devotio moderna. Un ejemplo de ello es la Biblia Políglota Complutense, financiada por el cardenal Cisneros. Por eso, aunque la relajación no desapareció del todo, Vazquez de Prada afirma que “en el primer tercio del siglo XVI la Iglesia española era, probablemente, la que contaba un mayor nivel de espiritualidad de Europa[6].

La reforma española influyó en el espíritu de la Contrarreforma. Sus teólogos tuvieron un papel muy importante en el concilio de Trento y las medidas que se habían tomado durante el siglo XV se aplicaron al resto de la Iglesia. De hecho uno de los grandes baluartes de este nuevo espíritu fue, precisamente, una orden española: la Compañía de Jesús[7].

En España, por otra parte, continuó este proceso. Durante el siglo XVI se reformaron numerosas órdenes religiosas, por ejemplo san Pedro de Alcántara emprendió la renovación de los franciscanos, santa Teresa y san Juan de la Cruz la del Carmelo, el padre Juan Bautista González la de los mercedarios descalzos, la religiosa María de Jesús la de las agustinas… También continuó la reforma de la espiritualidad, que alcanzó su época de mayor esplendor. Como podemos ver, durante el siglo XVI las medidas que se habían tomado en el siglo XV llegaron a su plenitud. Nos encontramos ante un proceso continuo. Como ejemplo podemos señalar el influjo que tuvo el Exercitatorio de la vida espiritual de García Jiménez de Cisneros, primo del cardenal, sobre los Ejercicios espirituales de san Ignacio[8].

Isabel Burgos estudia 3º de Historia y de Historia del Arte en la Universidad CEU San Pablo

[1] AYLLÓN GUTIÉRRREZ, C., “Estructura parroquial en el sureste de Castilla a fines de la Edad Media”, Medievalismo, Nº 20, 2010. Págs. 173-202.

[2] SUAREZ FERNÁNDEZ, L., Los Reyes Católicos: la expansión de la fe. Opus cit. Pág. 129.

[3] AYLLÓN GUTIÉRREZ, C., opus cit.

[4] SUAREZ FERNÁNDEZ, L., Isabel, mujer y reina, Rialp, Madrid, 1992. Pág. 222

[5] SUAREZ FERNÁNDEZ, L., Isabel, mujer y reina. Opus cit. Pág. 223

[6] VAZQUEZ DE PRADA, V., Historia Universal (Tomo VII): Renacimiento. Reforma. Expansión europea. Opus cit. Pág. 320.

[7] NIETO, J. C., El Renacimiento y la otra España: visión cultural socio-espiritual, Librairie Droz, Genève, 1997. Pág. 130

[8] SUAREZ FERNÁNDEZ, L., Humanismo y Reforma Católica. Opus cit.

[1] VAZQUEZ DE PRADA, V., Historia Universal (Tomo VII): Renacimiento. Reforma. Expansión Europea, EUNSA, Pamplona, 1985. Págs. 163 y ss.

[2] FERNÁNDEZ COLLADO, Á., Historia de la Iglesia en España. Edad Moderna, Instituto Teológico San Ildefonso, Toledo, 2007. Pág. 51.

[3] SUAREZ FERNÁNDEZ, L., Humanismo y Reforma Católica, Ediciones Palabra, Madrid, 1987. Págs. 99 y ss.

[4] VAZQUEZ DE PRADA, V., Historia Universal (Tomo VII): Renacimiento. Reforma. Expansión europea. Opus cit. Pág. 318.

[5] VAZQUEZ DE PRADA, V., Historia Universal (Tomo VII): Renacimiento. Reforma. Expansión europea. Opus cit. Pág. 320.

[6] DEL PULGAR, F., Crónica de los señores reyes católicos Don Fernando y Doña Isabel de Castilla y Aragón, Benito Monfort, Valencia, 1780. Pág. 239.

[7] SUAREZ FERNÁNDEZ, L., Los Reyes Católicos: la expansión de la fe, Rialp, Madrid, 1990. Pág. 131.

[8] VAZQUEZ DE PRADA, V., Historia Universal (Tomo VII): Renacimiento. Reforma. Expansión europea. Opus cit. Pág. 320.

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